Timotea.

17 junio 2023

Murcia, sábado, las ocho con cincuenta minutos y cielo despejado: sin novedad en la casa.

16 junio 23

Murcia, viernes, 10:35 u once menos veinticinco. En la galería, calor de verano, dice Martín el meteorólogo de la primera cadena. Natural -digo yo- es que estamos a mediados de junio.

¿Qué tal un cuento que te prometí? Lo he visto en mi libro “Peces Nuevos” donde incluí 500 Pensamientos, 150 Poesías y 25 Cuentos.

¡Mira que llamarse Timotea!

Timotea era feliz con la vida tranquila de su aldea. Gozaba ayudando a su madre en los quehaceres de la casa, llevando la alegría de sus 18 años a los demás, y haciendo que su padre soportara con resignación cristiana los reveses de fortuna.

Timotea era sencilla y buena por naturaleza; lozana y ágil como una corza; conocía la Sierra en todas las estaciones: con sol, con lluvia, con escarcha, o con nieve. Su cutis no sabía de aceites ni de pinturas. Daba envidia verla con sus colores de fruta en sazón.

Obdón era el hijo de don Julio el practicante, vecino de Timotea y conocidos de siempre. ¡Cuántas veces de niños habían corrido juntos por la calle y cuántas después le había ayudado a llevar a casa el cántaro desde la fuente!

La familia de don Julio no era lo que se dice rica, pero sí distinguida. El practicante, siempre cortés y amable, había colocado a los suyos en la escala esclarecida de la mejor sociedad del pueblo.

Obdón marchó a la capital. Su padre decía que iba a ser ingeniero y para todos Obdón era ya un futuro ingeniero. Cuando vino al pueblo por primera vez, Obdón estaba cambiadísimo: llevaba el pelo largo, con unos ricitos que se adelantaban por la frente, un pañuelo de seda al cuello, una sortija grande, y un gabán cortito que dejaba ver los bien planchados pantalones de tubo.

Obdón pensaba en Timotea, se aseaba para ella, y Timotea, por su parte, encontraba un encanto agridulce en la vuelta de Obdón, que le hacía estremecerse y sentir emociones nuevas, inéditas, que le hacían soñar y mirar con sus bellos ojos la luz fulgurante y feliz de un alma enamorada.

Cuando volvía a la capital Obdón y se hincaba de codos en la mesa de trabajo, frente a los libros de texto, soñaba con Timotea. Pensaba en sus colores, en su risa franca, en su misma ingenuidad.

Una de estas veces, decidió escribirle. Sí, le escribiría una Poesía, y así, de paso, la enteraba de que las musas no estaban reñidas con él.

Cogió una cuartilla blanca, impoluta, sacó el bolígrafo y empezó a pensar. Así estuvo veinte minutos largos. Luego, malhumorado, sacó un pitillo. ¡Qué fatalidad! -dijo hablando consigo mismo: ¡Mira que llamarse Timotea!

Y es que Obdón no hallaba más palabras que fea para su rima. Si al menos se llamara Rosa, pensaba, podría llamarla hermosa, o si fuera Gumersinda: Linda; o si Estrella, bella;, pero, ¡mira que llamarse Timotea!

Con gesto adusto, displicente, se levantó del sillón, se puso el gabán y salió a la calle para andar sin rumbo entre las sombras de la noche. Continuará.

                                              El abuelo Paco.        

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