En los 100 los veré desfilar a todos.
19 junio 2023
Murcia, lunes, las nueve, sin novedad.
17 junio 2023
Murcia, sábado, 11:33, en el rincón, con cielo azul, a una semana de la fiesta de mi cumplenoventa. Se va a adelantar unos días para que estemos todos; que poder juntarse 24 entre hijos, nietos, nueras y cónyuge no es fácil. Ángel vendrá de Kuwait, otros de Valencia, de Alicante, de Francia… ¡Cómo se dispersa la familia! Y total, por los 90 del abuelo. Si fuera por el siglo…… pero 90 hoy es como 50 el siglo pasado. No saben que en los 100 los veré desfilar a todos.
-No desbarres, y sigue con Timotea, que dejaste ayer sin terminar. Continúo:
Desde entonces, todo era fijarse Obdón en los nombres de amigas y conocidas: Katy, Monchi, Poche. Ate, Isa… Nadie sabía por qué Obdón oía con envidia y con arrobo estos nombres como saboreando un manjar exquisito. Y se fijó en el suyo propio:
Obdón al menos lo encontraba cortito y en verano agradable para quien lo escuchaba porque iba acompañado de un soplido con la b de ob que era una caricia para el calor. Además, pensaba, que cuando tuviera el título, su nombre resultaría original: don Obdón, nombre capicúa.
Pero Timotea era un hombre sin aspiraciones. Buscó acortarlo como habían hecho las demás, porque le constaba que en el santoral no había nombres tales como Luchi o Remi, y de esta suerte volvió contento a casa.
Pero esta alegría le duró poco: Timo no le gustaba; Mote tampoco; Tea menos; Temi; Temo; Tía; Tite… ¡Eureka!, exclamó. Ya estaba a punto de desesperar cuando dio con Tite. Sí, en adelante sería Tite, ¿por qué no?
Cuando regresó a su pueblo Obdón habló con Timotea y le dijo Tite. Ella no supo qué quería significar con Tite y creyendo no haber oído bien, se calló. Pero el nombre se repetía. Hasta que ya Timotea le dijo: ¡Oye, ¿qué es eso de Tite?
-Mujer, Tite es tu nombre, replicó él.
-Pero ¿es que no sabes que yo me llamo Timotea, como mi madre, como mi abuela, como mi tía…
Obdón, exacerbado, exclamó: bien está que tu madre se llame Timotea, y tu abuela mejor, y tu tía no digamos… Ellas se pueden llamar así, ¿no lo comprendes?; pero tú, quita, que no. ¡Tu nombre a lo moderno es Tite!
-Vamos, dijo riendo ella, no lo dirás en serio, parece que estás espantando a las gallinas.
-Pero…
-No hay peros que valgan: yo seré Timotea mientras viva, te agrade o no te agrade, atajó decidida.
Y Obdón, descorazonado, dio media vuelta y marchose a casa.
El día de la fiesta amaneció con un rojo festoneando el horizonte. La música atronó por calles y plazas con su tradicional pasacalles; los jóvenes corrían, a su paso, tirando truenos y cohetes. Luego la gente se reunió en la puerta del Ayuntamiento, donde conoció a una niña forastera, con pantalón vaquero, pintada hasta las orejas. Los ojos con un tiznajo largo, que los hacía más largos, y un cigarrillo Rubio en los dedos, que llevaba con desenvoltura al rojo de sus labios.
-Me llamo Maite. Bailaron, bebieron y pasearon de lo lindo. Lo que él llamaba pasarlo fetén. En la plaza, las notas de la orquesta, para asombro de los viejos, pedían a las parejas moverse a ritmo de twist.
Maite y Obdón, haciendo gala de su arte, con provocativas contorsiones del cuerpo, pegados los pies al suelo, subían y bajaban como culebras. Siguiendo el compás de la música, los dejaron solos en el centro y parecían remedar una danza salvaje de las tribus africanas. Por la noche, al despedirse, ella le dijo: “Chao, hasta mañana”.
Timotea sufrió lo indecible en las fiestas. Aquella forastera le hizo pensar cosas malas, sufrir emociones que antes no conociera. Miraba con envidia, celos y despecho, como hembra herida, a la otra joven y sonreía con ojos apagados y tristes. Continua.
El abuelo Paco
18 junio 2023
Murcia, domingo, 12:20, vengo de oír a mi nieta Lina, de Ángel y Ana, en su “Discurso de Graduación de la Carrera” en Valencia. Para mí, Sobresaliente cum laude.
-Termina el Cuento de Timotea, que me tienes intrigado. ¿Se queda Obdón con la forastera o vuelve con Timotea?
Sigo: Obdón se escribió con Maite. Algunos domingos iba a pasarlos con ella: iban al cine, bebían, y se recogían tarde. Maite era coqueta y frívola. Muchos la saludaban con picardía. Obdón pensaba que eran cosas de la alta sociedad, a lo que él tenía que transigir para no pecar de pueblerino.
Pero cuando partía, sin saber por qué, indefectiblemente, se encontraba incómodo, como burlado, y, por contraste, quizás, pensaba en Timotea, sencilla y buena, aunque ruda como su tierra.
Cierto día tuvo ocasión Obdón de ir a ver a Maite en el coche de un amigo. Le daría una sorpresa. Era algo tarde. Las primeras estrellas, como puntas de fuego, agujereaban el firmamento.
Obdón, ya solo, algo aturdido en la gran ciudad, donde todo se mueve desacompasadamente, como el grano que se agita en una criba, entró en un bar y cogió el teléfono; marcó un número y preguntó por Maite.
Maite no estaba en casa; había salido con unas amigas y no sabían decirle dónde podría estar. El fresco de la calle le salpicó el rostro. Algo mareado anduvo como un autómata, viendo borrosos los anuncios luminosos como si los viera dentro de una rueda de feria.
Unos jóvenes pasaron por su lado como una tromba. Obdón pareció despertar; sintió envidia de estos muchachos y los siguió de cerca; luego entraron en un bar, y Obdón entró también. Era un local corriente en apariencia, donde se fuma y se bebe. Al fondo, una escalera daba acceso a una sala, donde parejas bailaban y bebían a la luz mortecina de unas bombillas pintadas. Una música dulzona y lenta cargaba la atmósfera voluptuosamente. Se olía a alcohol, a laca y a mujeres, como en las casas de juegos o lenocinios de perdición.
Obdón sacó un cigarro y paseó la vista. Su pensamiento, nube cargada de malos presagios, intuía a Maite en aquel antro sensual y oculto como nido de insectos. Obdón quedó yerto: la mano con el cigarro bajó lentamente hasta quedar colgando como péndulo de un reloj sin cuerda; el humo, formando volutas, subía en espiral como si fuera incienso.
Efectivamente, allí estaba Maite, en la barahúnda borracha de aquella bacanal. La vio riendo del brazo de un petimetre de pelo largo, niki a rayas y pantalón ceñido. Sendas parejas bailaban casi sin moverse, a los acordes de una música lenta y lasciva. Y Maite, alocada, se perdió entre los brazos del joven para apagar con todo su cuerpo el apetito de la lujuria.
Obdón tenía prisa en llegar. Se hallaba desembarazado y suelto como el que vuelve a la luz, como quien sana y despierta de una pesadilla. Bajó del coche y corrió en busca de Timotea. El sol, en lo alto, coronaba de rosa y amarillo su felicidad.
Te quiero, Timotea, ya no quiero a Tites ni a Timos; te confieso mi amor a la luz del Sol, no a la sombra de unas bombillas que engañan con sus disfraces atractivos. Te quiero, Timotea, y doy gracias al Cielo, que me ha hecho ver y distinguir a tiempo lo verdadero de lo falso.
El sol presenció la alegría de dos almas fundidas en el amor sano y fuerte como las sierras de su aldea.
ElabueloPaco.
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