De Azorín.
18 julio 2023
Santana, martes, las 10:30 en la jaula con el concierto de las chicharras. Ya desayuné, redesayuné, bajé, subí, volví a bajar y a subir, visité la piscina y cosas así. Ahora en la jaula, con sol de frente que molesta. He cambiado los sillones que nos dio José María. ¿Los traería de Santa Pola? Eran otros tiempos. Esperamos a Francis con familia a bañarse. Bienvenidos siempre, venís a vuestra casa.
DE AZORÍN
La prosa de Azorín es delicada. Cuenta cosas como un abuelo a su nieto. ¿Siempre sería así don José? Pienso que sí: las personas cambian poco. Azorín sería de pequeño tan tranquilo, introvertido, amante de la soledad. De joven, lo mismo.
Yo lo adivino alto, delgado -cenceño diría él-, pausado, escribiendo pierna sobre pierna en un banco del jardín o paseando solo con un bastón en su mano, cortés siempre, educado.
La persona cambia poco con el tiempo. Es una unidad de ser, de sentir y de actuar cada persona. Podrá cambiar de fortuna, podrá sufrir cambios profesionales, políticos o sociales debidos a circunstancias del momento. Pero como fuera en su niñez piensa y se gobierna de mayor.
El libro “María Fontán” quiere tener argumento, pero es todo lo mismo: capítulos cortos, repetitivos, morosos. La vida de María Fontán es absurda, zonza, que diría don José. Tiene poco sentido una vida tan vacía y al mismo tiempo tan llena de nimiedades. Una amiga, un amigo, y un marido que fue marqués.
Las lecturas de Azorín no inquietan ni perturban. Otras más apasionadas, más vivaces, aceleran los pulsos. Baroja es de estos: un mundo lleno de personas el suyo con problemas como una colmena que bordonea en su vida. El escritor se retrata en sus obras. Ortega, por ejemplo, es inquieto, suficiente, maestro consciente de su clase superior. Azorín es educado, cortés, sencillo. Baroja nervioso, desordenado, confuso, sin ley.
Papá.
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